Malvinas: La increíble saga del buque que burló el bloqueo inglés a las islas

La historia está escrita y todos la conocemos: hace 28 años, el fin de la guerra y el recambio presidencial entre los dictadores Galtieri y Bignone iniciaron el camino hacia la recuperación de la democracia. También sabemos que esa mezcla de delirio, muerte, desazón y heroísmo que fue Malvinas sigue doliendo en la memoria, y que varias de sus enseñanzas todavía no fueron debidamente aprendidas. La increíble saga del barco mercante Formosa, que sin ser una nave de guerra logró quebrar dos veces el bloqueo militar impuesto por Gran Bretaña en derredor de las islas, despierta los fantasmas que ensombrecieron la entrega de los soldados durante el conflicto: improvisación, egoísmo, tozudez y hasta tilinguería. El capitán Juan Cristóbal Gregorio, comandante del Formosa, desovilla hoy un relato elocuente en anécdotas y observaciones mordaces. Porque se sabe: el diablo está en los detalles.

 

“El 10 de abril de 1982 me llamaron de ELMA y me dijeron que, después de leer los legajos de todos los barcos, la Armada había elegido a mi buque para ir a Malvinas a llevar equipamiento. Claro, era un barco nuevo, veloz y con mucha potencia de carga y descarga. Llamé a mis oficiales y les conté lo que teníamos que hacer. Pero ninguno supuso nunca que habría una guerra contra los ingleses”, empieza el envarado capitán Gregorio, que conserva la estampa de sus viejos tiempos.

Durante cinco días el Formosa cargó en Buenos Aires 3.500 toneladas de pertrechos. “Llevábamos combustible para los aviones, municiones, pistas de aterrizaje desmontables. También cargamos veinte contenedores con jamón Torgelón, leche en polvo y muchas provisiones”. Vaya a saber quién las habrá aprovechado.

Con 41 tripulantes y 25 soldados “colados” que no tenían cómo ir, el 15 de abril zarparon hacia el sur. Tres días después embarcaron a un capitán de fragata –enviado como comandante militar de la nave– y enfilaron hacia Malvinas. “Cuando estábamos saliendo llegó corriendo al muelle un coronel, que empezó a gritarle a los soldados que teníamos a bordo para que apoyaran al capitán. El tipo tendría que haber venido más temprano, pero se había quedado dormido”.

Gregorio cometió su primera desobediencia minutos después, cuando en lugar de navegar lentamente enfiló a toda máquina y bajo una tormenta de película hacia el sur de la isla Soledad. “Así no ofrecíamos un blanco tan fácil. El que estaba más nervioso era el capitán: después me contaron que esa noche durmió con la pistola debajo de la almohada, y que les había dicho a los soldados que estuvieran listos para intervenir si nosotros –los civiles– nos insubordinábamos.” Difícil, porque el Formosa enfrentaba a los ingleses con una sola arma a bordo: la pistola que el capitán guardaba en su camarote para emergencias. El 20 de abril, bajo el viento fresco del atardecer, fondearon frente a Puerto Argentino. Habían sorteado el bloqueo inglés.

Pero la verdadera odisea recién comenzaba. “Yo creí que iba a estar todo organizado para descargar en siete días como máximo, pero no había nada: sólo un pequeño muelle de madera. Esta gente no tenía la menor idea de cómo íbamos a descargar. Jamás hablaron con algún ingeniero, o conmigo, para planificar la operación. Ahí empecé a darme cuenta de que había una gran improvisación en todo”, se encrespa Gregorio.

Pusieron a trabajar a unos colimbas, que doblaron sus espaldas bajo kilos de comida, abrigos y armas que no volvieron a ver. Pasaron dos días –equivalentes a meses cuando se espera una guerra– y la pila de contenedores seguía casi igual, cuando al fin el Formosa pudo atracar. Con toda la tripulación colaborando con las maniobras, los soldaditos trabajando y la ayuda de seis estibadores chilenos que alguien consiguió por ahí, la descarga llevó quince días.

Mientras, como los violinistas del Titanic, el comando general estaba ocupado en otros menesteres. “El día que llegamos, el gobernador militar de las islas, Mario Benjamín Menéndez me invitó a almorzar. Mandó su lancha particular, todo muy atento. Me ofreció un whisky, y pasamos al comedor. En la mesa, a la que estaban sentados todos sus ministros, lucían los cubiertos de la reina, la vajilla oficial británica. Aunque parezca mentira, todavía nadie tenía idea de lo que iba a pasar.” A la luz de los hechos, ya no parece mentira. “De regreso al barco, en el puerto había un buque de la Armada, y yo tenía que pasar por él para llegar hasta el Formosa. Pero cuando quise subir por una escala que tenía a mano enseguida vinieron varios marinos a frenarme: ‘esa es para los marineros, usted debe subir por la otra, la del personal superior’. ¡Estaban en esas estupideces!”, sonríe el capitán. Pero quiere llorar.

A las dos de la mañana del 1 de mayo, al fin, terminamos de descargar todo”. Ese mismo día comenzó la guerra que nadie esperaba. “No nos dejaban salir, y la cosa se iba poniendo brava: llovían tiros por todos lados, la radio era un mar de gritos. A las 5 de la mañana, los aviones ingleses comenzaron a bombardear el puerto. A las 10.30 vino un almirante a despedirme: ‘puede escapar, capitán. Good luck.’ Ahí me di cuenta de que no iba a tener escolta.” Más torpezas, más imprevisiones.

“A las 17:30 estábamos en el estrecho de San Carlos, cuando vimos aparecer tres aviones. Un instante después comenzaron a ametrallarnos, y luego a bombardearnos. Nos tiraron tres bombas de 500 kilos que no nos dieron, y después otra que cayó encima nuestro: atravesó la cubierta y terminó en la bodega tres. ¿Cómo nos salvamos? Porque no explotó: como estaba mal armada, se salió la espoleta y no hubo ignición. No lo podíamos creer. Ese día era mi cumpleaños”, dice el flemático capitán, y por un instante sus ojos claros se elevan al cielo.

Con la bomba a bordo, el Formosa escapó del show aéreo que los aviones Harriers comenzaban a ofrecer en el Atlántico Sur. “Atracamos de urgencia en la bahía San Sebastián, y un oficial de la Fuerza Aérea vino a ver la bomba. Me dijo que la llevárabamos bien trincada, que no explotaría. Pero cuando la revisó bien cambió la cara: ‘uy, ésta se parece a las nuestras’, murmuró. Y así era.” Una vez más, en aquel momento la historia sonaba increíble. Ya no. De guardia en Puerto Deseado y acicateado por el inicio de los combates, el capitán argentino Pablo Carballo había montado en su avión Skyhawk A4-B, levantó vuelo y descargó su dinamita sobre aquel barco enorme que huía a toda velocidad del teatro de operaciones. Seguro que era un barco petrolero que aprovisionaba a la flota británica. Pero no era.

“Yo tenía una bandera argentina muy grande, que al final Carballo vio en uno de sus sobrevuelos. Yo creo que ahí se dio cuenta de su error”, cuenta Gregorio. Años después, en una de las cenas que aún congregan a la tripulación del Formosa, entre bife y postre, el propio piloto contó su parte de la historia, y todos brindaron.

El bloqueo inglés había vuelto a quedar atrás. De regreso, envueltos todavía en una bruma de incredulidad y mientras navegaban frente a Bahía Blanca, cocinaron un tremendo asado para todos. “Nos sentíamos héroes”.

El 6 de mayo llegaron a Buenos Aires. Un mes después, el sinsabor de la derrota se colaba a cada minuto en las calles, en cada oficina, en los ministerios. En los cuarteles. Cayó Galtieri. El 8 de febrero de 1983, con el país caminando a ciegas hacia la democracia, el Formosa fue condecorado con la medalla de “Operaciones en Combate”. El capitán Gregorio ya había recibido la suya, como premio “al esfuerzo y a la abnegación”. Se la dio el almirante Isaac Anaya, en una emotiva ceremonia celebrada en la ESMA. La negra historia de la dictadura comenzaba a cerrarse sobre sí misma.

 

Un cerco invisible y temerario, clave en la estrategia inglesa

El bloqueo naval a 200 millas de la zona del conflicto fue la reacción inmediata de Inglaterra al desembarco de tropas argentinas en Malvinas.

La decisión de cercar la zona se tomó en Londres el 7 de abril de 1982, cinco días después del zarpazo de la dictadura argentina por recuperar las islas. Ningún barco argentino podía atravesar esa línea invisible, salvo que asumiera el riesgo de un bombardeo.

Al rodear el archipiélago en disputa con su poderosa flota, los británicos cortaron la comunicación logística con el continente de las tropas enemigas y anularon buena parte de la capacidad de combate de la Armada.

Argentina estableció entonces un puente aéreo, mientras los barcos británicos tomaban posición en la zona, a partir del 12 de abril.

El 25, los ingleses recuperaron las Georgias sin encontrar resistencia por parte de los efectivos al mando del marino Alfredo Astiz.

El 2 de mayo, fuera de la zona de exclusión, un submarino inglés disparó tres torpedos contra el Crucero General Belgrano (foto). Dos le pegaron y lo hundieron. Murieron 323 tripulantes, prácticamente la mitad de la cifra total de las bajas argentinas en toda la guerra. La hazaña del Formosa cobra mayor dimensión si se tiene en cuenta ese contexto de ferocidad británica en las líneas circulares del bloqueo.

El 16 de mayo, los británicos comenzaron a bombardear la isla Soledad y el 21 establecieron una cabecera de playa en el puerto San Carlos. Eran los aprestos de la avanzada final.

Ninguna gestión diplomática en las Naciones Unidas, ni del Papa Juan Pablo II, resultó exitosa.

El 4 de junio, Estados Unidos y Gran Bretaña, juntos políticamente en este conflicto, rechazaron un alto el fuego. El fin estaba cerca.

El 11 de junio, el Papa pidió al gobierno de Leopoldo Fortunato Galtieri el fin de las hostilidades.Los ingleses ya estaban en las cercanías de Puerto Argentino. Los inexpertos soldados locales pelearon con esfuerzo y valentía, pero fueron derrotados.
buque formosa

 

La Legislatura porteña homenajeó a los tripulantes del Formosa

Los chicos apretaban las manos de sus padres y maestras mientras el educado señor de pelo blanco hablaba emocionado frente a un micrófono, y a su lado varios cincuentones dejaban rodar lágrimas por sus mejillas. “Estuve y estoy orgulloso de mi tripulación”, decía el señor. “Sin el trabajo y la valentía de cada uno de ellos no hubiéramos logrado burlar el bloqueo inglés y cumplir con la misión que se nos había asignado”. Como si aún estuviera al frente del Formosa, el capitán Juan Gregorio hablaba en nombre de los 41 tripulantes de su buque, mientras catorce de ellos asentían con la cabeza.

Fue el mes pasado, cuando la Legislatura porteña decidió bautizar como “Paseo Jardín Tripulantes Buque Mercante FORMOSA/LRQF” al espacio de la plaza Martín Rodríguez cercano a la esquina de las calles Helguera y Pareja, en el barrio porteño de Floresta. Por iniciativa del ex jefe de radiocomunicaciones del Formosa y actual asesor legislativo Fabio Maichen, el diputado del PRO Enzo Pagani empujó el proyecto de ley que estableció el homenaje de la Ciudad a los tripulantes del barco mercante que hizo historia en la guerra.

La banda de la Escuela de Suboficiales de la Policía Federal interpretó varios de sus éxitos marciales, mientras los alumnos de las cuatro escuelas públicas del barrio miraban con asombro y respeto a esos señores comunes que los obligaban a modificar la imagen que la tele les ofrece cada día de lo que es un héroe.

“Gracias. Gracias por todo lo que hicieron”. “Un placer conocerlo, capitán”. “Los felicito, tienen que sentirse orgullosos”. Con emoción y calidez, los vecinos se arracimaban para estrechar las manos y sacarse fotos con cualquiera de los ex marineros que habían asistido al homenaje: casi treinta años después de la guerra, todavía impresiona comprobar la intensidad emotiva que despierta cualquier recordatorio relacionado con Malvinas. En el suelo, una placa revivía la hazaña del Formosa: “Unico buque de nuestra Marina Mercante que rompió dos veces el bloqueo naval impuesto por el Reino Unido”. Nadie lo olvidará.

Fuente: diasdehistoria.com.ar

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Publicado el 28 marzo, 2014 en Historias de guerra y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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